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lunes, 20 de octubre de 2014

Locura otoñal

Ayer volví al edén. Ese paraíso lleno de barbos comiendo en superficie que conocí hace unos meses y que me tiene realmente enamorado. Si en las jornadas anteriores, en mayo y junio, el sitio parecía increíble, esta vez he tenido la oportunidad de conocerlo en otoño, esa época mágica para los bigotudos.


Dadas las fechas en las que estamos la elección de la imitación a usar no ofrecía dudas: había que atar una horiga de ala al terminal. Cuando llegué el sol apenas se había asomado por encima del horizonte, y no tuve que esperar ni un minuto para encontrar el primer objetivo. A cuatro metros de mí comían, en la orilla, dos barbos que milagrosa e inexplicablemente no me habían detectado todavía. Lástima que cuando uno de ellos decidió subir a la hormiga que les presenté prácticamente a punta de caña la impaciencia me pudo y se la saqué de la boca sin darle tiempo a cerrarla. A esas horas es difícil detectar a los peces debido a que la superficie se convierte en un mosaico de brillos y reflejos, pero aun así poco después logré acercar a lo orilla una carpa que me ayudó a calentar los músculos durante la pelea.


A partir de ahí, una tras otra, se fueron sucediendo las capturas. Carpas, y sobre todo barbos (pues me centré en ellos) iban sucumbiendo a los encantos de la pequeña imitación montada en foam. Las condiciones no podían ser mejores: sol y aguas claras que permitían localizar fácilmente los peces y un ligero viento que, sin obstaculizar el lanzado, los animaba a moverse y buscar comida en superficie.


La mayoría tomaban la mosca como de costumbre, desde abajo y casi sin asomar el morro del agua, pero algunos lo hacían con verdadera rabia. Sacaban la cabeza y parte del cuerpo para dejarse caer sobre la hormiga, como si quisieran ahogarla. Incluso acababan con el anzuelo clavado profundamente en la garganta. Pero no hay nada que con cuidado y unos fórceps no se pueda remediar. En estos momentos es cuando uno agradece utilizar anzuelos sin muerte, minimizando el daño al pez. Sólo así nos aseguraremos que soltamos a nuestros amigos con garantías, perimitiéndonos seguir disfrutándolos por mucho tiempo.


Lástima que la visita sólo pudiera ser de mediodía, puesto que poco antes de tener que volver al coche para poder ser puntual empezó un rato verdaderamente mágico. Numerosas hormigas reales pululaban por el aire e, inevitablemente, muchas caían al agua. Naturalmente los barbos daban buena cuenta de ellas, patrullando a toda velocidad la superficie para devorarlas en cuanto las veían caer. Así solamente hacía falta posar en las cercanías de la última cebada para poder ver a uno de ellos nadando como un torpedo a por ella, tomándola como si fuera el último bocado que iba a poder tomar. Sin moverme del sitio pude capturar unos cuantos, y fijaros si había hormigs que incluso se colaron en el vídeo que le hice al último mientras recuperaba la libertad. El año que viene, más.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Descubrimiento

El otro día se conmemoró, como cada año, la efeméride de la llegada de un puñado de hombres, a bordo de unas embarcaciones que resultaban poco más que cáscaras de nuez, a unas tierras que ningún occidental había visto antes.


Yo, aprovechando el día festivo, me dirigí a un rincón perdido de la geografía con la intención de perderme, y si la suerte se ponía de cara, tocar las últimas pintonas de la temporada. Llegué a un sitio donde el tiempo parece detenerse. Donde las plantas no luchan por alzarse hacia el cielo sino que pelean por abrazar al río, hoy poco más que un hilillo de agua remansado en escasas pozas. Ese deseo de las ramas y zarzas dificultan el vuelo de la línea y transforma la jornada en un viaje a través de un profundo túnel. Un túnel luminoso y sombrío a la vez, silencioso y ruidoso al mismo tiempo. Porque la luz no viene del cielo, sino de todos los sitios, rebotando en cada hoja, en cada piedra, que a la vez crean infinitas sombras que se mezclan con ella. Porque cada paso que da el pescador salvando el intrincado laberinto de obstáculos que se suceden en el cauce resulta en una fracción de segundo de silencio tras la que vuelve el incansable rumor de sonidos del bosque que tanto dicen y tan pocos oyen. Desgraciadamente, menos aún escuchan su mensaje.


Aquí no existe la soledad, infinidad de seres acompañan al visitante. Pero en estos terrenos sólo hay un señor que siempre está presente: el jabalí. No hace falta verlo para sentir su compañía, basta con saber mirar y encontrar sus pisadas en las trochas por él creadas que facilitan el caminar, las huellas de su pelos fuertes como alambres cuando peinan el barro fresco o las hozadas que su hocico cava en la orilla en busca de delicados manjares.


Nada pasa por casualidad en el mundo del Señor Scrofa. No fue el azar lo que hizo que el pitillín (Leutra sp.) rodease insistentemente la esfera de mi reloj como queriendo huyendo del objetivo inquisidor de mi cámara. No, se trataba de una señal, una petición para que presentase una imitación suya a los peces del siguiente recodo del río. El pequeño plecóptero me brindó la única picada del día, tras un lance que contra toda lógica consiguió esquivar la maraña de ramas sobre mi cabeza, que se resolvió con la huida del pequeño pez tras una breve sucesión de cabriolas.


Mientras tanto el ascenso incesante a través del verde túnel continuaba. A cada paso se presentaban nuevos obstáculos que salvar en forma de zarzas o troncos cruzados. Sin embargo la mente fluía ligera en la penumbra. La imposibilidad de lanzar y la escasez de objetivos hacia los que hacerlo se convirtieron en llave que abrió las compuertas del subconsciente, inundando la mente con un tropel de pensamientos. Así, cada paso suponía un acercamiento mayor a uno mismo. Porque pasamos la vida buscando paraísos lejanos, alcanzar altísimas metas, obtener fabulosos resultados mientras abandonamos la búsqueda de lo más sencillo y más cercano. Es por ello que cuando por fin logramos conocernos a nosotros mismos un poco más lo llamamos descubrimiento, a pesar de que siempre estuvimos allí.


Siempre hay una vuelta a la realidad, incluso cuando el sitio al que hemos llegado somos nosotros mismos. No quedó más remedio que pasar a decir adiós a las pequeñas hadas que en estos días erigen sus fabulosas casas de marfil sobre el suelo del bosque. El ruido de unas piedras cayendo por la ladera rocosa a unos metros de mi me sacó de mis pensamientos y me llamó a alzar la vista, brindándome la oportunidad de despedirme, hasta el año que viene, de mi compañero de camino en el río. Sinceramente espero que el invierno le sea leve, no son pocos los peligros que le acecharán.

domingo, 5 de octubre de 2014

Primeros pasos

El otro día tuve la oportunidad de disfrutar de otra jornada de pesca con mis sobrinos. Viviendo en el extranjero, son pocas las ocasiones en las que puedo pescar con ellos a lo largo del año, y por ello hay que aprovecharlas al máximo. Para que les pique el gusanillo con fuerza es necesario garantizar las capturas, y ya que están empezando, lo suyo es no ponérselo demasiado difícil. Por eso decidimos ir al intensivo al que ya fuimos cuando vinieron en navidades.


Pero, como mis sobrinos son pescadores sin muerte convencidos (la otra vez les dio verddera pena ver morir a las truchas), esta vez la modalidad elegida fue la mosca con cola de rata, usando sus equipos que recibieron de regalo de cumpleaños. La lástima es que la sesión de cine en casa de la noche anterior hizo que no madrugásemos demasiado, lo que unido a la cita para comer toda la familia hizo que dispusiéramos de poco más de una hora para pescar. Pero aun así la aprovechamos.


Lo primero, como es natural, fue entrenar un poco el lance, para lo que elegimos una zona sin árboles en los que enganchar las moscas. Pronto le cogieron el tranquillo y ya eran capaces de sacar algunos metros de línea posando de manera más o menos decente. Pero claro, con las truchas paseando por la superficie y con el poco tiempo disponible fue imposible evitar que quisieran dar un paso más allá e intentar pescarlas.


La primera captura a mosca de Adrián no se hizo esperar. Qué maravilloso es poder ver en él la emoción y el nerviosismo que siempre sobreviene durante la pelea con el pez. Esos gritos pidiendo ayuda y preguntando qué hacer, seguidos de la alegría al ver el pez en el salabre no se pagan con dinero. Por supuesto no cabía otra opción que devolver al agua a la trucha que nos había proporcionado tanta alegría.


Alberto, el pequeño, tendrá que esperar a una futura visita para disfrutar de su primera captura. No de sus primeras picadas, porque tuvo varias. Pero tiene que aprender a clavar cuando éstas se produzcan en vez de señalarlas, ¡cosas de niños!. Por lo menos sabe verlas y sólo será cuestión de enseñarle a levantar la caña. Lástima que eso tendrá que para ello habrá que esperar hasta las próximas navidades...

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Artículo sobre barbo común europeo

Hoy hago un pequeño paréntesis en mi serie de publicaciones sobre las pescatas veraniegas de truchas. Y es que se me estaba llenando el blog de pintonas y hacía mucho que no se veían por aquí escamas doradas y barbillones.

http://www.scale-magazine.com/current/#/166

Aunque la verdadera motivación de este inciso no es otra que el haber descubierto con satisfacción que la fiebre de la pesca de los barbos a mosca se extiende cada vez más, incluso más allá de los Pirineos: el último número de la revista SCALE incluye un artículo sobre la pesca a mosca del barbo común europeo (Barbus barbus) en Alemania. Si pincháis en la imagen accederéis directamente al mismo. Que lo disfrutéis.

jueves, 28 de agosto de 2014

Duncan Dhu

Como sabréis todos los que llevéis un tiempo leyendo mi blog, una cita ineludible durante mis vacaciones en el Pirineo es la visita, caña en mano, a alguno de los ibones que salpican la cordillera. Y por supuesto estas pasadas vacaciones no iban a ser diferentes en este sentido. Como también viene siendo habitual en los últimos años, Laura me acompañó de nuevo. Para ser justo debo decir que alguna de las fotos que ilustran la entrada las tomó ella, aunque no la siguiente, que requería para cumplir con la moda de las autofotos requería del uso de mis "gadgetobrazos".


El ascenso, como de costumbre, empezó antes de que el sol asomara entre las cumbres. Resultó ser un poco más exigente físicamente de lo que me esperaba, pero lo más duro fue reprimir la tentación de montar la caña y probar suerte en algunas de las pequeñas pozas que forman el arroyo de desagüe del ibón. Las truchas que seguramente pueblan esas aguas tendrán que esperar a otra ocasión...


El esfuerzo bien merecía la pena, no solo por la jornada de pesca que se prometía en el destino, sino también porque permitía disfrutar de estampas realmente preciosas en plena naturaleza. En particular no pude evitar rendirme a esta ladera cuajada de lirios (Iris latifolia) Esa flor tan característica del Pirineo que, seguramente porque le recordaba nuestros ascensos a los ibones, tanto gustaba a mi padre.


Durante toda la subida el silencio se veía roto por la melodía que infinidad de ovejas, con sus esquilos, interpretaban sin parar. Mi temor a que aquel rebaño se dirigiese, como nosotros, al ibón iba en aumento conforme ganábamos altura y pude comprobar que efectivamente ése era el rumbo que llevaban. No tengo nada en contra de las ovejas, pero dado que las orillas son clave en la pesca de los ibones, no me seducía nada la idea de encontrarme a cientos de ellas haciendo del ibón su abrevadero. Por eso quizá mi mente se puso creativa y adaptó una popular canción que todos conoceréis colocando a las ovejas en el lugar de las gaviotas.


Pero no iban al lago, como tanto me temía. Justo antes de llegar pude comprobar que nuestros caminos simplemente se cruzaban y ellas pasaban de largo buscando pastos, algo que no encontrarían alrededor del ibón. Al contrario, únicamente un caos de bloques de granito enmarca sus cristalinas aguas. Tan claras eran éstas que la multitud de truchas que pude observar patrullando cerca de la orilla mientras preparaba el equipo más parecían flotar en el aire que estar nadando.


Con la actividad en superficie que mostraban las pintonas se prometía una buena jornada. La primera captura no se hizo esperar, y a esta siguieron pronto otras. Las truchas se mostraban confiadas y subían con avidez a por mi imitación. Sin embargo todo cambió cuando un grupo de jóvenes excursionistas llegaron, poco tiempo después que nosostros al ibón. Anunciaron su llegada con infinidad de gritos y, una vez establecidos en la orilla, se distrajeron mediante el lanzamiento de rocas al agua, creando más estruendo. No contentos con esto decidieron aprovechar la pendiente de uno de los neveros que aún se conservaban en la orilla para utilizarlo como tobogán en el que lanzarse al agua. Supongo que el contacto de la nieve con el bañador y la posterior entrada brusca en las frías aguas no son muy agradables, porque los alaridos se incrementaron con el nuevo entretenimiento. Aquel escándalo no detuvo la actividad de las truchas, pero si que condicionó que estuvieran más alerta y mucho más precavidas a la hora de subir a las moscas, por lo que los rechaces se multiplicaron con la consiguiente reducción en capturas.


Es una verdadera lástima que los monitores que acompañaban a los chavales no aprovecharan el marco que ofrecen estos magníficos rincones del Pirineo para concienciarlos en el respeto a los demás. No sólo porque afectaran  mi pesca, sino porque no creo que el resto de visitantes del ibón que fueron llegando a lo largo de la mañana llevasen en mente ascender por la montaña durante más de dos horas para "disfrutar" de la mala educación de unos adolescentes. Ya de paso podrían haberles dicho que guardando un poco las formas no se evita únicamente molestar a otras personas, sino que los pobres sarrios que huían despavoridos provocando avalanchas de rocas también desean vivir en paz. Sinceramente espero que aquel grupo no hiciera muchas más excursiones este verano. Puestos a elegir, ojalá fueran las ovejas las que hubieran venido al ibón.

PD: Esta entrada hace el número 100 de la historia de este blog. Muchas gracias a todos los que lo visitáis, y sobre todo a los que aportáis vuestros comentarios enriqueciendo su contenido. Sin vosotros esto no habría llegado hasta aquí. Y seguimos...

sábado, 23 de agosto de 2014

Eterna juventud

Ya de vuelta de las vacaciones toca organizar los recuerdos y, cómo no, compartir algunos de ellos. Empiezo con mi regreso al tramo de río que me vio nacer y crecer como mosquero, al que no había vuelto desde hacía varios años. En aquella época, sin carnet de conducir, me solía desplazar hasta allí en bicicleta, con todos los bártulos (incluído vadeador) a la espalda dentro de una mochila. En este reencuentro quizá haya cambios en los medios de locomoción y en la equipación de pesca, también algo más de experiencia en el pescador, pero lo que no ha variado ni un ápice es la ilusión con la que afrontar una nueva jornada de pesca.

 

Encontré un río vivaracho, saltarín, a pesar de que una presa le corta el riego. No solo el agua parecía sana, sino también el río en sí. Ya no estaban allí los fondos colmatados de mis recuerdos, sino que gravas y arenas sueltas es lo que ahora forma el lecho. Sin embargo mucho me temo que este cambio no se debe a una mejora en el régimen de caudales de salida de la presa, sino a que la riada que el año pasado vivió el Ésera tuvo un efecto muy positivo en este tramo.


A pesar de haber pasado únicamente poco más de un año desde ese evento, la respuesta de la población trucherase hace notar. Infinidad de pequeñas truchas subían al encuentro de mi mosca aunque seguramente su pequeño tamaño provocaba que ni siquiera les cupiera en la boca y la mayoría de las subidas acababan en simulacro. Sin duda las supervivientes a la riada supieron aprovechar los fondos limpios durante la última freza y el resultado es esa explosión demográfica de pequeñinas.


Y supervivientes quedan en el tramo unas cuantas. Eso sí, conseguir clavar una de estas truchas salvajes no garantiza su captura. Saben perfectamente cuáles son sus armas y cómo utilizarlas. Saltos y piruetas, que combinan con escaramuzas bajo las rocas, les permiten en la mayoría de los casos recuperar la libertad sin haber tenido contacto con el pescador.


Espero volver a encontrarlas allí el año que viene, y que el río conserve entonces la alegría y vida que tiene este año. Ojalá se mantenga así, eternamente joven, para poder seguir reencontrándome con mi juventud con cada visita.

viernes, 25 de julio de 2014

Reconciliación

La pasada semana pude escaparme de los calores estivales y refugiarme temporalmente en mi rincón favorito del Pirineo. Por supuesto, estando allí, tentar a las pintonas no era una opción, si no una obligación. A estas alturas ya me iréis conociendo y sabréis que si hay una modalidad de pesca de trucha que me encanta, ésta es la de hacerlo en los ibones. Pero esta vez el plan era otro, ya que la excusa para subir no era otra que mi primo pescador estaba por allá arriba pasando unos días de vacaciones con la familia. Esto, junto con sus preferencias a la hora de pescar, obligaba a un cambio en la rutina piscatoria. La principal limitación fue la de tener que volver pronto a casa para poder atender a la familia, por lo que el río, que por lo general requiere un menor desplazamiento de aproximación, se convirtió en el destino elegido.

El primer no tuvimos demasiada suerte. Nos acercamos a un tramo libre de captura y suelta del cual tenía buenas referencias en cuanto a tamaño y cantidad de truchas, pero nos encontramos con un caudal bastante alto para estas alturas de año (es un tramo regulado), lo que dificultaba el desplazamiento por el río. Cada uno probamos fortuna con nuestra modalidad preferida: a seca (y emergentes) yo y a "ninfa perdigonera" él. Al final sólo él tocó escama pero, aunque de tamaño decente, fue una única trucha la que conseguimos ver. Esa misma mañana nos acercamos a otro tramo libre (normal) que hacía años que no visitaba pero del que tenía buen recuerdo. El caudal era ideal, pero ninguno tuvimos picada, ni vimos ninguna cebada a pesar de que se estaba desarrollando una eclosión bestial. Y lo peor: no vimos moverse ni una sóla trucha en nuestro transitar por el tramo. Se diría que ahí el río está totalmente muerto, y no es de extrañar dada la altura de temporada en la que estamos y que allí los aficionados a la captura y sartén pueden hacer de las suyas. Lástima que este tramo ya no sea ni la sombra de lo que no hace tantos años fue...

Así las cosas decidimos que al día siguiente cambiaríamos de destino. Elegimos un coto de captura y suelta, confiando que con esta regulación encontraríamos más pesca. Y así fue. Ambos disfrutamos de una mañana genial, con multitud de capturas de bravas truchas de alta montaña. Esto es, no demasiado grandes, pero con una pelea espectacular para su modesto tamaño. Todavía más numerosas fueron las picadas, aunque muchas de ellas falladas. Pero como comprenderéis, la mañana fue muy animada y supuso mi reconciliación con la pesca en río, y una vuelta a mis orígenes mosqueros pues fue en ese entorno donde di mis primeros pasos en la modalidad.


Pero como dice el dicho, la cabra siempre tira al monte, y a mí me picaba mucho el estar rodeado de ibones y no pescarlos, más aún no habiendo visitado las aguas de ninguno en lo que va de temporada. Como ya me lo imaginaba de antemano había planeado cambiar de atuendo a la vuelta de mi primo a casa, pantalón y "chirucas" por vadeador y botas de clavos (que pasaron a cargar de peso mi espalda), y emprender la subida al ibón más cercano y asequible. Así, emprendía el ascenso tras un merecido descanso y un breve tentempié en un prado junto al punto donde había sacado la última trucha de río.


La subida, pese a la paliza de acarrear con todo el equipo a mis hombros, bien mereció la pena. Aunque dada la hora de mi llegada encontré las orillas del ibón "abarrotadas" de gente, el ligero viento que había ido levantándose a lo largo de la mañana hacía que las truchas estuvieran muy activas en superficie cerca de la orilla, pendientes del alimento que caía en sus proximidades. Entre este alimento estaban por supuesto mis imitaciones, por lo que tuve un final de jornada maravilloso, con truchas de buen porte que me dieron una maravillosa pelea.


En resumen: fue una jornada de lo más completa en la que combiné río e ibón, pescando en ambos escenarios. A parte de la pesca, me quedo con el chavalín de unos 3 años que adelanté a la subida al ibón. Pese a su corta edad ascendía por sus propios medios, acompañado por sus padres y su hermanito pequeño que no era más que un bebé. Y es que, además de alegrarse y armar un gran jaleo cuando se percató de la pelea con la última trucha que pesqué, a la hora de mi despedida del ibón desarrolló toda su curiosidad sobre la pesca acribillándome a preguntas, ¡si es que estos peques son auténticas esponjas y están totalmente abiertos a la información que les llega del mundo que nos rodea!

sábado, 5 de julio de 2014

Razzia

Ayer el tiempo dio una tregua después de varios días de tormentas bastante intensas, así que había que aprovechar un ratín de la tarde al máximo. Como la travesía de casi 14 Km en kayak que me marqué la semana pasada me dejó bastantes buenas sensaciones decidí repetir, aunque consciente de que no tendría tiempo para tanto.


Al llegar, y a pesar de que solo soplaba un ligero viento, el panorama no era muy prometedor debido a los intervalos de nubes que iban a dificultar bastante la localización de los peces. Con esa perspectiva me dediqué a emplearme a fondo en las paladas, aspecto con el que disfruto mucho también. A falta de pesca, bueno es piragüismo. Pero conforme avanzaba el tiempo la cosa pintaba cada vez peor aunque el cielo despejó totalmente dejando una tarde radiante. No se veían peces por ningún lado a excepción de cebadas esporádicas bastante escandalosas. No los había en las orillas ni tampoco patrullando la superficie a flor de agua como el otro día. Además conforme me aproximaba a la cola del embalse el agua estaba cada vez más turbia, supongo que por efecto de las tormentas de días anteriores. Allí, entre el fango de la cola, sí detecté grupos de carpas, pero estaban entregadas a actividades mucho más libidinosas que el comer.


Conforme volvía hacia el coche mentalizado de que lo único que quedaba era disfrutar del paseo en kayak, el maná en forma de hormigas aladas empezó a caer del cielo. Éstas eran enormes y tenían colores negros a rojizos, lo que me hace pensar que quizá se trate de Camponotus cruentatus. Sea cual sea su identidad, lo importante es que poco a poco las carpas se empezaron a percatar y algunos morros se veían asomar aquí y allá por la superficie. Eso sí, no iban aspirando continuamente como el otro día, sino que se cebaban en una zona para sumergirse unos centímetros a continuación, nadando a gran velocidad hasta que volvían a subir unos metros más allá y repetir el proceso. Este comportamiento, y con el sol ya oculto tras las montañas que rodean el embalse, complicaba la pesca. La estrategia consistía en progresar hacia un punto donde estuviera cebándose un pez, parar a una distancia prudencial (generalmente ya se había vuelto a sumergir) y esperar a que volviera a aflorar para ponerle la imitación de hormiga de foam en su trayectoria.



Poco a poco algunas carpas se fueron dejando engañar de esta manera durante mi vuelta al coche. Lástima no haberme podido quedar más, ya que el viento se calmó totalmente y al anochecer el agua parecía haber entrado en ebullición. Pero no quería que la noche me pillase dentro del agua y menos sin cobertura en el móvil para avisar a Laura que seguro se preocuparía al no tener noticias de mí. Al final fue una incursión relámpago pero provechosa tanto por la remada (al final fueron 7 Km.) como por haber disfrutado de capturas y, sobre todo, de la paz que se siente cuando la orquesta de la naturaleza despliega todos sus sonidos al esconderse el sol tras el horizonte.

lunes, 30 de junio de 2014

Rodríguez I "la travesía"

El pasado fin de semana ha sido el primero en el que me he quedado "de Rodríguez" de manera oficial. Y eso en mi caso sólo puede querer decir una cosa: toca irse de pesca, lejos. La primera opción era subir a algún ibón del Pirineo a tentar a las pintonas, que les tengo ganas desde agosto del año pasado. Pero una previsión meteorológica poco halagüeña hizo que cambiara de destino. Así que tras evaluar unas cuantas opciones me decidí a pasar el sábado en un embalse al que le tenía ganas desde hace tiempo. Ya de paso intentaría capturar mi primer pez desde kayak.

Una vez allí supe enseguida que no iba a tardar en conseguir mi objetivo. El agua, como un espejo se rompía aquí y allá, y allá, y... Infinidad de carpas comían con tranquilidad lo que la noche había dejado en su plato. Así la opción era atar una mosca seca que fuera visible y tirar un poco por delante de los "morritos" que viera asomar esperando que la próxima vez que asomasen fuera para engullir mi mosca. Y la estrategia funcionó, por que realmente perdí la cuenta de las carpas que llegué a capturar. Ninguna alcanzaba una buena talla, se podría decir incluso que eran más bien pequeñas. Pero eso daba igual. Esa sensación de tener un pez al otro lado de la línea llegando a arrastrar ligeramente la embarcación vivida por primera vez una y mil veces me encantaba.


Pero aunque no me cansaba de las carpas poco a poco fue haciéndose más nítido el recuerdo de porqué había ido allí. Un amigo me dijo hace tiempo que ese embalse albergaba barbos de talla generosa, y tenía que buscarlos. Es más, alguno de los pocos encuentros que tuve con algún bigotudo se fueron al traste porque me pillaron en mitad de la pelea con una carpa. Pero limitando las carpas a las que tentaba, y por lo tanto las peleas con ellas, conseguí por fin estar preparado cuando me crucé con los siguientes barbos. Y conseguí hacerme con un par de ellos. El tercero lo perdí al desatarse la mosca, una vespa, que volvió a aparecer en la superficie del agua justo un momento después.



La pelea con estos torpedos desde el kayak es totalmente diferente a la de las carpas. Pese a no tener tampoco una gran talla desarrollan una fuerza descomunal. Pero ellos no mueven la piragua ni un ápice, sino que intentan hundirla, ya que tiran en vertical, directos hacia las entrañas de la tierra.


El balance del día es totalmente positivo. Descubrí un gran destino de pesca nuevo para mi, con paisajes realmente bonitos y más si se ven mientras las olas te mecen en mitad de esas aguas turquesa y además pesqué mis primeros peces desde el kayak. A todo esto habría que añadir la comprobación de que un patrón de montaje tremendamente sencillo puede ser enormemente efectivo y duradero, pues soportó la pelea de una treintena de carpas antes de cambiarla ¡y está perfectamente! Simplemente la cambié por aburrimiento, por probar algo diferente. Os la presentaré en el futuro. Pero antes, en la siguiente entrada, os contaré cómo acabó el fin de semana ;-)

jueves, 12 de junio de 2014

Stay dry

Esta jornada tuvo lugar hace prácticamente un mes, así que la adrenalina ya no corre por mis venas mientras escribo. Sin embargo el hecho de que este próximo sábado vaya a volver al mismo lugar hace que las emociones vinculadas a ese día estén otra vez a flor de piel.


Eolo castigaba severamente el embalse alzando batallones de olas que golpeaban sin descanso, una tras otra, las orillas. El viento puede ser un verdadero incordio para el mosquero dificultando la posada e incluso el lanzado, además de la localización de los peces, pero también es una oportunidad si conseguimos convertirlo en nuestro aliado. En estos días ventosos es de esperar que una elevada cantidad de insectos acaben arrastrados al agua, y los peces saben aprovechar este aporte de alimento extra. Encontré un buen número de barbos, muy superior a lo que estoy acostumbrado por aquí, merodeando las orillas en zonas someras. La mayoría de ellos se dedicaban a hozar el fondo mientras eran mecidos por el vaivén de las olas, aunque sin duda mientras rastreaban con los barbillones los ojos miraban a la superficie esperando la llegada de algún bicho que hubiera sufrido un accidente aéreo.


Estaba claro que esas eran las condiciones perfectas para atar una seca en el terminal y así lo confirmó el resultado del segundo lance de la mañana: un precioso barbo sucumbió a los encantos de un Hopper Juan. Esa captura tan temprana, así como la cantidad de barbos al alcance de la vista auguraba una jornada épica. Sin embargo los minutos se iban sucediendo al ritmo de mis lances infructuosos. Los peces parecían no ver la mosca, o hacían caso omiso de ella. Con las dudas sobre la efectividad de lo que estaba haciendo acechando mi subconsciente lo propio era buscar la seguridad de lo que siempre funciona. Y eso en mi caso, con barbos hozando, era presentarles un Cangrebou convenientemente animado delante de los morros. Pero allí, tan lejos de mi tierra y ante una especie de barbo diferente, las viejas fórmulas no parecían surtir efecto. La única reacción que provocaba la mosca en los peces era una huida inmediata y solo una carpa despistada se dejó tentar por sus encantos. Con ese oleaje endemoniado iba a ser casi imposible detectar la picada a ninfas de pequeño tamaño, así que solo quedaba la opción de volver a trabajar en superficie.


Así, manteniendo una seca en el extremo del terminal, se fueron sucediendo las picadas. Muchas acabaron en captura de hermosos barbos, aunque no del tamaño que según mis referencias puedo llegar a encontrar (esperemos que este sábado sea el momento). Un par se llevaron la mosca y otros muchos me las inutilizaron abriendo el anzuelo. Como soy más de ninfas que de secas, a éstas no les llegó el "plan renove" cuando me pasé a los anzuelos fuertes. Ahora, forzado por la masacre que sufrió mi caja aquel día, ya tengo un arsenal digno de estos competidores.


Al final fue una jornada maravillosa en un auténtico paraíso para el mosquero barbero y de la que volví con muchas sensaciones positivas y habiendo aprendido muchas cosas nuevas. Distinguí tres comportamientos básicos en los barbos frente a un día de fuerte viento, así como pude contrastar su respuesta a diferentes formas de presentar la mosca. Pero esas observaciones las compartiré ya en otra entrada.

Saludos y ¡buena pesca!

domingo, 11 de mayo de 2014

Thorn

Por fin conseguí escaparme de pesca. Más de un mes había pasado desde la última vez, y el aluvión de caras sonrientes con un pez delante que me iba llegando a través de las redes sociales empezaba a minar la moral. Se podría decir que no fui de pesca por voluntad, sino por necesidad.

Al llegar encontré justo lo que esperaba. Un entorno rebosante de vida en plena primavera. El canto de los pájaros era casi ensordecedor y sólo el zumbido de abejorros y escarabajos al pasar quebraba la sucesión monótona de trinos. La sinfonía era complementada por el rumor también continuo que producían los chapoteos de los grupos de carpas que, en plena freza, se afanaban en sus danzas en torno a la vegetación sumergida. Es fascinante la ciclicidad de la naturaleza. Año tras año se repite el espectáculo, un poco antes o después, con más o menos intensidad, pero siempre en las mismas fechas. Y aunque cuando se dedican a las labores reproductorias no suelen hacer excesivo caso de la comida, me pude hacer con las primeras carpas de la temporada. La cangrebou como la vespa fueron las imitaciones que me dieron las capturas.


 Lo malo de estas fechas, y más en ese embalse, es que la pesca se llega a convertir en una especie de martirio. Primero porque los chopos también se afanan en reproducirse, liberando ingentes cantidades de semillas que se dispersan gracias a la pelusa blanca que les acompaña. Reconozco que el aspecto del agua es digno de ver (en ocasiones parece incluso como si estuviera nevada) pero es un auténtico engorro el tener que andar quitándola todo el rato de los nudos del bajo. Otro aspecto negativo es el alto nivel de agua, que reduce la franja árida al máximo y, debido a la intrincada orografía de las orillas de este embalse, en muchas ocasiones uno se ve obligado a transitar entre la vegetación. En esta tierra tenemos fama de ser bastante buena gente y muy hospitalarios, pero con la vegetación es otro cantar: todo son espinas. Las aliagas, zarzas y rosales silvestres minan la moral a base de enganchones en la ropa y en la piel. Eso sí, como se suele decir, sarna con gusto no pica y mientras las picadas y capturas se van sucediendo no hay tanto problema.

Sin embargo el pinchazo que más doloroso y desmoralizante fue en carne ajena. En la de un barbo que sucumbió seducido por la cangrebou. Tras una bonita pelea, como todas a las que nos tienen acostumbrados estos fabulosos peces, pude comprobar que la mosca estaba clavada muy profunda y muy, muy cerca de las branquias. Tanto que la manipulación, pese a que siempre uso anzuelos sin muerte, hacía peligrar la integridad del órgano respiratorio del pez. Así las cosas, lo más prudente era cortar el hilo y liberar al pez sin más dilación para así no empeorar la situación y ampliar sus opciones de supervivencia. El pez alejó rápidamente con la mosca aún dentro, y dejando profundamente clavada en mi interior una espina de remordimiento y la incertidumbre. Entonces empezó a pesar el cansancio y caminar entre espinas se cada vez más pesado. No hubo más fotos, todas las capturas -carpas- recobraron la libertad sin siquiera salir del agua. Y mis manos no volvieron a tocar la piel de un barbo. La espina en mi interior no me permitió clavar con seguridad a ninguno de los que decidieron picar. Todo ello a pesar de que la experiencia me decía que, cuando las carpas frezan, los barbos no andan lejos y se puede dar una espléndida jornada.

Sé que los remordimientos desaparecerán dejando cicatrizar el pinchazo y espero que esa sea la suerte del pobre pez que cometió el error de tragar esa ingenio peludo y emplumado que, atado a un sedal de nylon, un aprendiz de pescador decidió presentar ante él.

miércoles, 30 de abril de 2014

Colaboración en clic & fish

Hola a todos,

Últimamente ando un poco liado y no puedo acercarme al blog todo lo a menudo que yo quisiera. Pero no hace demasiado conseguí sacar algo de tiempo para escribir un breve artículo sobre la pesca a mosca seca en los ibones que hoy ha sido publicado por los compañeros de CLIC & FISH. Podéis leerlo pinchando aquí.

 

Es ya mi segunda colaboración con ellos, después de que publicaran mi entrada en la que compartí mi último montaje de avispa para los barbos (aqui el original, aquí su publicación).

Espero que os guste y que leáis más colaboraciones como estas en el futuro. Un saludo a todos

domingo, 6 de abril de 2014

Campano

Este año ando muy liado, con más responsabilidades, compromisos y obligaciones de lo normal. Por eso mi no disfruto de mucho tiempo libre y eso se nota, entre otras cosas, en mi actividad en el blog. También mis jornadas de pesca se han visto afectadas. En lo que va de año se podrían contar con los dedos de una mano, y sobrarían, las veces que he salido a pescar. Además cuando lo he hecho la suerte tampoco me ha acompañado. Así se explica que hasta el día de hoy no haya conseguido capturar ningún pez.


El día parecía más estival que primaveral, con un sol radiate en el cielo que debería provocar una subida en la temperatura de las aguas y con ella una mayor actividad de los peces. Pero la realidad ha sido muy distinta. Pocos peces se veían rondando las aguas someras cercanas a las orillas. Y menos aún han sido los que no me han localizado a mí antes que yo a ellos. Eso es algo que vengo observando los últimos años por estas fechas: parece que no se acostumbran a las aguas someras y están muy asustadizos, mucho más alerta que con la temporada más avanzada. Aun así he tenido la suerte de encontrar a un barbo dispuesto a tomar mi mosca. Se encontraba a medias aguas y relativamente lejos de la orilla. En el bajo llevaba atado un krazy carp duster, pero la experiencia con el cangrebou me decía que no todo estaba perdido. Como otras veces, tras una presentación un poco adelantada en la trayectoria del pez, éste ha visto mi mosca hundiéndose y se ha lanzado hacia las profundidades a tomarla. Después, por fin este año, lo de siempre: adrenalina y endorfinas con el pulso a mil y el carrete silbando. Fotito, al agua, y hasta la próxima.

Un saludo y ¡buena pesca!

sábado, 22 de febrero de 2014

Krazy Swap Duster

Desde que conocí el Carp Fly Swap que organiza todos los años Trevor Tanner alias Mc Tage (recomiendo visitar su web si no lo habéis hecho, Fly-Carpin) me propuse participar. Y no es para menos, dado el nivel de las moscas presentadas como por los regalos de los patrocinadores: 2012, 2013, 2014. El año pasado cuando me enteré de que lo estaba organizando ya era demasiado tarde. Y lo mismo me pasó este año.  Sin embargo este año tuve la suerte de enterarme a tiempo para apuntarme en el primer Krazy Carp Fly Swap que organiza Joel Stewart.


Hace unos días salió rumbo a los EEUU mi aportación, que he bautizado en honor al evento: la Krazy Swap Duster o KSD (de duster, plumero en inglés). Pretende ser una versión reducida, más discreta, de mi mosca favorita del año pasado, el cangrebou. Me dió muy buenos resultados, y es que tiene un movimiento muy sugerente, pero tengo que reconocer que algún ejemplar se ha asustado al detectar su caída al agua.

Para explicarles a los compañeros del otro lado del Atlántico cómo montarla, y dado mi reducido vocabulario en inglés cuando de montar moscas se refiere, les mandé un vídeo. Teniéndolo, me permitiréis que no cuelgue el paso a paso en fotografías. No seáis muy duros conmigo, que es mi primer video de montaje. Y por supuesto mudo, que si no tengo el vocabulario para escribirlo, menos lo tendré para decirlo.


Esta mosca, de cuya efectividad las carpas y barbos tendrán la última palabra, comienza la serie que dedicaré a compartir con vosotros las creaciones que me lleguen de las américas.

 Un saludo y ¡buena pesca!

lunes, 10 de febrero de 2014

Vespa

Como mi última entrada deja patente, el invierno es una época más favorable para sentarse delante del torno a rellenar las cajas que para intentar pescar. O al menos hacerlo con alguna posibilidad real de éxito. Por supuesto no todo va a ser reponer las moscas de patrones con probada eficacia que hayamos perdido a lo largo de la temporada pasada. También hay tiempo para innovar un poco.

Quizá una de las cosas por las que pase al recuerdo la temporada del año 2013 sea el haberme convencido de las imitaciones de avispa sí funcionan con los barbos. Pero también comprobé que maya es una imitación demasiado grande que puede ahuyentar a algunos peces cuando éstos no están del todo confiados. Por eso vi la necesidad de montar algo más pequeño para peces recelosos. Y aquí os presento el resultado.

Es una variante de la V.A. Wasp de Carlos del Rey simplificada al suprimir ojos y antenas y con patas de goma en lugar de hackle de gallo.


Anzuelo: Kamansan B175 #10
Hilo de montaje: negro
Abdomen: cilindro de foam amarillo
Tórax: tira de foam negro
Patas: patas de silicona amarillas barradas, finas
Alas: puntas de pluma de gallo rojo

Para empezar atamos el cilindro de foam al anzuelo. Para facilitar la tarea y que no quede demasiado abultado, conviene cortarlo en bisel. Anteriormente habremos redondeado el final con la ayuda de la llama de un mechero.

Atamos la tira de foam por delante del abdomen, ocupando casi todo el espacio disponible aunque sin apretar demasiado las vueltas de hilo. Así dotaremos al torax de volumen y preservaremos la flotabilidad del foam. A mitad de la longitud del tórax fijamos una pata de silicona a cada lado, procurando que se abran bien formando una X.

A continuación abatimos la tira de foam hacia adelante sobre el foam y la atamos justo detrás de la anilla. Cortamos sin apurar para imitar la cabeza del insecto con el sobrante. En este punto atamos las dos puntas de pluma de gallo que imitarán las alas.

Para finalizar sólo queda pintar las características bandas negras en el abdomen con un rotulador indeleble. ¡Lista para pescar!

Un saludo y ¡buena pesca!