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domingo, 3 de noviembre de 2013

Desde el otro lado

El río está precioso en esta época. Los gigantes que custodian sus límites cambian su librea: donde antes reinaba el verde ahora vienen los naranjas, amarillos y rojos. Después de engalanarse entregan sus vestimentas al río y a la tierra, en ofrenda de agradecimiento por el agua y los nutrientes que les dan la vida. Cada día el sol se alza menos tiempo, y menos alto, sobre el horizonte. No hace tanto de la época en la que se erguía vertical sobre nuestras cabezas, pero ahora queda siempre a nuestra espalda y apenas roza el agua, que cada vez resulta más y más fría. Pronto llegará el momento en que el agua heladora atenazará nuestros músculos y tendremos que retirarnos al fondo, a las aguas lentas y oscuras. La época de penumbra supone todo un reto para la supervivencia e impone un duro peaje a nuestra población. Varias lunas pasarán sobre el río antes de que podamos movernos y alimentarnos con normalidad, por lo que sólo los más aptos, los que mayor acopio de energía hagan durante este otoño, podrán ver la próxima primavera. Pero hoy la luz parece haber ganado una batalla en su guerra contra la oscuridad. Ha vuelto con fuerzas, y en zonas de aguas bajas y poca corriente notamos en nuestras escamas las caricias de sus rayos. Por eso en días como éste me gusta buscar la comida que me da la vida en el lodo y bajo las piedras a la salida de las grandes tablas. Y, aunque la mayoría del sustento venga del fondo, no se debe perder de vista lo que trae la corriente, en cualquier momento puedes descubrir un apetitoso bocado acercándose hacia ti.


Tras ver de reojo pasar un par de cosas negras que parecían comida, he dejado de hozar el fondo un momento para prestar atención por si acaso venían más detrás. Un instante después ha llegado una tercera pero, aunque lo he intentado, no he llegado a cogerla. Enseguida ha vuelto a pasar otra y esta vez sí he conseguido atraparla. Pero, ¡no era comida! Justo en el momento en que iba a reaccionar escupiendo aquella asquerosidad he notado un pinchazo agudo y, como si estuviera unida a un hilo invisible, un tirón hacia atrás.

Asustado, he empezado a nadar río arriba, en el sentido contrario a esa tracción invisible. Al mismo tiempo he intentado deshacerme del bocado, que se ha quedado clavado en mi labio, pero por más que lo he intentado no he podido. Poco a poco las fuerzas me iban abandonando, luchar contra aquella fuerza me causaba una gran fatiga. Al final, ya rendido, me he dejado llevar por ella y entonces lo he visto. Era uno de esos pescadores ¡qué horror! Y qué patético. Después de haber conseguido huir de martines pescadores, garzas, cormoranes y otros muchos depredadores. Tras sobrevivir a algunas fuertes riadas, como aquella que hace ahora más o menos un año cambió profundamente la fisionomía del río, y conseguir superar la inanición y el frío de varios inviernos, mi vida iba a acabar por comer. Vaya ironía morir por algo que se supone te salva la vida. Lleno de rabia e indignación he emprendido una nueva huida, pero poco después la fatiga me ha obligado a rendirme de nuevo. Mecido por la suave corriente me acercaba inexorablemente al pescador; los movimientos de mis aletas eran ya inútiles para enfrentarme a mi destino. Finalmente una malla ha rodeado mi cuerpo inmovilizándome y después las manos de mi captor me han sacado de ella alzándome fuera del agua. Un agua que ya no volvería a sentir pasando por mis agallas.


Pero está claro que todavía no era mi hora, si no no estaría ahora contándoos esta historia. Tras acercarme a una especie de aparato sostenido por tres patas el pescador ha vuelto a introducirme en el agua y ha extraído el punzante engaño de mi labio. Entonces, aprovechando la escasa presión que sus manos ejercían sobre mi fatigado cuerpo, he conseguido recuperar mi libertad mediante un rápido movimiento. Si no se tratara de un pescador, pensaría que estaba deseando devolverme al río. Sea como fuere, una vez recuperado del agónico trance he vuelto a mi labor preparatoria de cara al invierno. Seguiré comiendo, aunque con mayor cuidado que antes, para intentar llegar a ver la próxima primavera.

14 comentarios:

  1. Al leer el título pensé que se trataba del "otro lado" de la Fuerza, la de Star Wars jejeje.
    Menos mal que te topaste con un pescador de los que se preocupan por el bienestar de los peces, sino nos ibas a dejar sin actualizaciones del blog, querido barbo jejeje.

    Saludos

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    1. jeje muy bueno, no había caído. Me imagino que el Sr. Graells volverá de vez en cuando como pluma invitada. De momento vuelvo yo. Un saludo

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    1. Muchas gracias. Se ve que he venido inspirado de Alemania (quizá por la gran variedad y calidad de cerveza que tienen por allí) Saludos

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  3. Amigo Barbo, has tenido mucha suerte de toparte con un gran pescador...ojalá todos fueran igual que este..

    Te envío mis más sinceros respetos, eso sí, como pescador espero algún día ser yo quien después de una gran lucha te devuelva la libertad.

    Saludos.

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    1. Me comenta que si lo vas a tratar bien no le importará demasiado. Pero no por eso te lo pondrá más fácil, por si acaso. Un saludo

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  4. Que bonito relato, me ha encantado!

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    1. Me alegro y muchas gracias. De vez en cuando está bien salirse de la tónica general. Saludos

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  5. Estupendo relato Jorge. Me he sentido barbo...

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    1. Gracias Ramón. Ésa era un poco la idea, que nos pusiéramos un poco en la piel del pez, ése que nos brinda tanta alegría. Desde luego no tiene que ser de su agrado, y eso muchas veces me supone un dilema, pero por lo menos tengo el consuelo de que el daño ocasionado es el mínimo. Teniendo en cuenta que dejar de pescar no se puede ni contemplar, es lo menos que puedo hacer. Un saludo

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  6. Buena entrada Jorge, he disfrutado mucho de su lectura.
    Me gusta el enfoque que le has dado desde la perspectiva del barbo, todo pescador debería ponerse de vez en cuando "al otro lado", se evitarían así muchas atrocidades y daños innecesarios.
    En mi opinión, ser un buen pescador no es sacar más peces que nadie, sino practicar la pesca desde un profundo sentimiento de respeto hacia el río y sus habitantes, y este es el mejor modo de lograrlo.
    ¡Enhorabuena compañero! ¡Un abrazo!.

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    1. Sí, es una reflexión que todos deberíamos hacer alguna vez. Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo

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