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viernes, 25 de julio de 2014

Reconciliación

La pasada semana pude escaparme de los calores estivales y refugiarme temporalmente en mi rincón favorito del Pirineo. Por supuesto, estando allí, tentar a las pintonas no era una opción, si no una obligación. A estas alturas ya me iréis conociendo y sabréis que si hay una modalidad de pesca de trucha que me encanta, ésta es la de hacerlo en los ibones. Pero esta vez el plan era otro, ya que la excusa para subir no era otra que mi primo pescador estaba por allá arriba pasando unos días de vacaciones con la familia. Esto, junto con sus preferencias a la hora de pescar, obligaba a un cambio en la rutina piscatoria. La principal limitación fue la de tener que volver pronto a casa para poder atender a la familia, por lo que el río, que por lo general requiere un menor desplazamiento de aproximación, se convirtió en el destino elegido.

El primer no tuvimos demasiada suerte. Nos acercamos a un tramo libre de captura y suelta del cual tenía buenas referencias en cuanto a tamaño y cantidad de truchas, pero nos encontramos con un caudal bastante alto para estas alturas de año (es un tramo regulado), lo que dificultaba el desplazamiento por el río. Cada uno probamos fortuna con nuestra modalidad preferida: a seca (y emergentes) yo y a "ninfa perdigonera" él. Al final sólo él tocó escama pero, aunque de tamaño decente, fue una única trucha la que conseguimos ver. Esa misma mañana nos acercamos a otro tramo libre (normal) que hacía años que no visitaba pero del que tenía buen recuerdo. El caudal era ideal, pero ninguno tuvimos picada, ni vimos ninguna cebada a pesar de que se estaba desarrollando una eclosión bestial. Y lo peor: no vimos moverse ni una sóla trucha en nuestro transitar por el tramo. Se diría que ahí el río está totalmente muerto, y no es de extrañar dada la altura de temporada en la que estamos y que allí los aficionados a la captura y sartén pueden hacer de las suyas. Lástima que este tramo ya no sea ni la sombra de lo que no hace tantos años fue...

Así las cosas decidimos que al día siguiente cambiaríamos de destino. Elegimos un coto de captura y suelta, confiando que con esta regulación encontraríamos más pesca. Y así fue. Ambos disfrutamos de una mañana genial, con multitud de capturas de bravas truchas de alta montaña. Esto es, no demasiado grandes, pero con una pelea espectacular para su modesto tamaño. Todavía más numerosas fueron las picadas, aunque muchas de ellas falladas. Pero como comprenderéis, la mañana fue muy animada y supuso mi reconciliación con la pesca en río, y una vuelta a mis orígenes mosqueros pues fue en ese entorno donde di mis primeros pasos en la modalidad.


Pero como dice el dicho, la cabra siempre tira al monte, y a mí me picaba mucho el estar rodeado de ibones y no pescarlos, más aún no habiendo visitado las aguas de ninguno en lo que va de temporada. Como ya me lo imaginaba de antemano había planeado cambiar de atuendo a la vuelta de mi primo a casa, pantalón y "chirucas" por vadeador y botas de clavos (que pasaron a cargar de peso mi espalda), y emprender la subida al ibón más cercano y asequible. Así, emprendía el ascenso tras un merecido descanso y un breve tentempié en un prado junto al punto donde había sacado la última trucha de río.


La subida, pese a la paliza de acarrear con todo el equipo a mis hombros, bien mereció la pena. Aunque dada la hora de mi llegada encontré las orillas del ibón "abarrotadas" de gente, el ligero viento que había ido levantándose a lo largo de la mañana hacía que las truchas estuvieran muy activas en superficie cerca de la orilla, pendientes del alimento que caía en sus proximidades. Entre este alimento estaban por supuesto mis imitaciones, por lo que tuve un final de jornada maravilloso, con truchas de buen porte que me dieron una maravillosa pelea.


En resumen: fue una jornada de lo más completa en la que combiné río e ibón, pescando en ambos escenarios. A parte de la pesca, me quedo con el chavalín de unos 3 años que adelanté a la subida al ibón. Pese a su corta edad ascendía por sus propios medios, acompañado por sus padres y su hermanito pequeño que no era más que un bebé. Y es que, además de alegrarse y armar un gran jaleo cuando se percató de la pelea con la última trucha que pesqué, a la hora de mi despedida del ibón desarrolló toda su curiosidad sobre la pesca acribillándome a preguntas, ¡si es que estos peques son auténticas esponjas y están totalmente abiertos a la información que les llega del mundo que nos rodea!

sábado, 5 de julio de 2014

Razzia

Ayer el tiempo dio una tregua después de varios días de tormentas bastante intensas, así que había que aprovechar un ratín de la tarde al máximo. Como la travesía de casi 14 Km en kayak que me marqué la semana pasada me dejó bastantes buenas sensaciones decidí repetir, aunque consciente de que no tendría tiempo para tanto.


Al llegar, y a pesar de que solo soplaba un ligero viento, el panorama no era muy prometedor debido a los intervalos de nubes que iban a dificultar bastante la localización de los peces. Con esa perspectiva me dediqué a emplearme a fondo en las paladas, aspecto con el que disfruto mucho también. A falta de pesca, bueno es piragüismo. Pero conforme avanzaba el tiempo la cosa pintaba cada vez peor aunque el cielo despejó totalmente dejando una tarde radiante. No se veían peces por ningún lado a excepción de cebadas esporádicas bastante escandalosas. No los había en las orillas ni tampoco patrullando la superficie a flor de agua como el otro día. Además conforme me aproximaba a la cola del embalse el agua estaba cada vez más turbia, supongo que por efecto de las tormentas de días anteriores. Allí, entre el fango de la cola, sí detecté grupos de carpas, pero estaban entregadas a actividades mucho más libidinosas que el comer.


Conforme volvía hacia el coche mentalizado de que lo único que quedaba era disfrutar del paseo en kayak, el maná en forma de hormigas aladas empezó a caer del cielo. Éstas eran enormes y tenían colores negros a rojizos, lo que me hace pensar que quizá se trate de Camponotus cruentatus. Sea cual sea su identidad, lo importante es que poco a poco las carpas se empezaron a percatar y algunos morros se veían asomar aquí y allá por la superficie. Eso sí, no iban aspirando continuamente como el otro día, sino que se cebaban en una zona para sumergirse unos centímetros a continuación, nadando a gran velocidad hasta que volvían a subir unos metros más allá y repetir el proceso. Este comportamiento, y con el sol ya oculto tras las montañas que rodean el embalse, complicaba la pesca. La estrategia consistía en progresar hacia un punto donde estuviera cebándose un pez, parar a una distancia prudencial (generalmente ya se había vuelto a sumergir) y esperar a que volviera a aflorar para ponerle la imitación de hormiga de foam en su trayectoria.



Poco a poco algunas carpas se fueron dejando engañar de esta manera durante mi vuelta al coche. Lástima no haberme podido quedar más, ya que el viento se calmó totalmente y al anochecer el agua parecía haber entrado en ebullición. Pero no quería que la noche me pillase dentro del agua y menos sin cobertura en el móvil. Al final fue una incursión relámpago pero provechosa tanto por la remada (al final fueron 7 Km.) como por haber disfrutado de capturas y, sobre todo, de la paz que se siente cuando la orquesta de la naturaleza despliega todos sus sonidos al esconderse el sol tras el horizonte.

lunes, 30 de junio de 2014

Rodríguez I "la travesía"

El pasado fin de semana ha sido el primero en el que me he quedado "de Rodríguez" de manera oficial. Y eso en mi caso sólo puede querer decir una cosa: toca irse de pesca, lejos. La primera opción era subir a algún ibón del Pirineo a tentar a las pintonas, que les tengo ganas desde agosto del año pasado. Pero una previsión meteorológica poco halagüeña hizo que cambiara de destino. Así que tras evaluar unas cuantas opciones me decidí a pasar el sábado en un embalse al que le tenía ganas desde hace tiempo. Ya de paso intentaría capturar mi primer pez desde kayak.

Una vez allí supe enseguida que no iba a tardar en conseguir mi objetivo. El agua, como un espejo se rompía aquí y allá, y allá, y... Infinidad de carpas comían con tranquilidad lo que la noche había dejado en su plato. Así la opción era atar una mosca seca que fuera visible y tirar un poco por delante de los "morritos" que viera asomar esperando que la próxima vez que asomasen fuera para engullir mi mosca. Y la estrategia funcionó, por que realmente perdí la cuenta de las carpas que llegué a capturar. Ninguna alcanzaba una buena talla, se podría decir incluso que eran más bien pequeñas. Pero eso daba igual. Esa sensación de tener un pez al otro lado de la línea llegando a arrastrar ligeramente la embarcación vivida por primera vez una y mil veces me encantaba.


Pero aunque no me cansaba de las carpas poco a poco fue haciéndose más nítido el recuerdo de porqué había ido allí. Un amigo me dijo hace tiempo que ese embalse albergaba barbos de talla generosa, y tenía que buscarlos. Es más, alguno de los pocos encuentros que tuve con algún bigotudo se fueron al traste porque me pillaron en mitad de la pelea con una carpa. Pero limitando las carpas a las que tentaba, y por lo tanto las peleas con ellas, conseguí por fin estar preparado cuando me crucé con los siguientes barbos. Y conseguí hacerme con un par de ellos. El tercero lo perdí al desatarse la mosca, una vespa, que volvió a aparecer en la superficie del agua justo un momento después.



La pelea con estos torpedos desde el kayak es totalmente diferente a la de las carpas. Pese a no tener tampoco una gran talla desarrollan una fuerza descomunal. Pero ellos no mueven la piragua ni un ápice, sino que intentan hundirla, ya que tiran en vertical, directos hacia las entrañas de la tierra.


El balance del día es totalmente positivo. Descubrí un gran destino de pesca nuevo para mi, con paisajes realmente bonitos y más si se ven mientras las olas te mecen en mitad de esas aguas turquesa y además pesqué mis primeros peces desde el kayak. A todo esto habría que añadir la comprobación de que un patrón de montaje tremendamente sencillo puede ser enormemente efectivo y duradero, pues soportó la pelea de una treintena de carpas antes de cambiarla ¡y está perfectamente! Simplemente la cambié por aburrimiento, por probar algo diferente. Os la presentaré en el futuro. Pero antes, en la siguiente entrada, os contaré cómo acabó el fin de semana ;-)

jueves, 12 de junio de 2014

Stay dry

Esta jornada tuvo lugar hace prácticamente un mes, así que la adrenalina ya no corre por mis venas mientras escribo. Sin embargo el hecho de que este próximo sábado vaya a volver al mismo lugar hace que las emociones vinculadas a ese día estén otra vez a flor de piel.


Eolo castigaba severamente el embalse alzando batallones de olas que golpeaban sin descanso, una tras otra, las orillas. El viento puede ser un verdadero incordio para el mosquero dificultando la posada e incluso el lanzado, además de la localización de los peces, pero también es una oportunidad si conseguimos convertirlo en nuestro aliado. En estos días ventosos es de esperar que una elevada cantidad de insectos acaben arrastrados al agua, y los peces saben aprovechar este aporte de alimento extra. Encontré un buen número de barbos, muy superior a lo que estoy acostumbrado por aquí, merodeando las orillas en zonas someras. La mayoría de ellos se dedicaban a hozar el fondo mientras eran mecidos por el vaivén de las olas, aunque sin duda mientras rastreaban con los barbillones los ojos miraban a la superficie esperando la llegada de algún bicho que hubiera sufrido un accidente aéreo.


Estaba claro que esas eran las condiciones perfectas para atar una seca en el terminal y así lo confirmó el resultado del segundo lance de la mañana: un precioso barbo sucumbió a los encantos de un Hopper Juan. Esa captura tan temprana, así como la cantidad de barbos al alcance de la vista auguraba una jornada épica. Sin embargo los minutos se iban sucediendo al ritmo de mis lances infructuosos. Los peces parecían no ver la mosca, o hacían caso omiso de ella. Con las dudas sobre la efectividad de lo que estaba haciendo acechando mi subconsciente lo propio era buscar la seguridad de lo que siempre funciona. Y eso en mi caso, con barbos hozando, era presentarles un Cangrebou convenientemente animado delante de los morros. Pero allí, tan lejos de mi tierra y ante una especie de barbo diferente, las viejas fórmulas no parecían surtir efecto. La única reacción que provocaba la mosca en los peces era una huida inmediata y solo una carpa despistada se dejó tentar por sus encantos. Con ese oleaje endemoniado iba a ser casi imposible detectar la picada a ninfas de pequeño tamaño, así que solo quedaba la opción de volver a trabajar en superficie.


Así, manteniendo una seca en el extremo del terminal, se fueron sucediendo las picadas. Muchas acabaron en captura de hermosos barbos, aunque no del tamaño que según mis referencias puedo llegar a encontrar (esperemos que este sábado sea el momento). Un par se llevaron la mosca y otros muchos me las inutilizaron abriendo el anzuelo. Como soy más de ninfas que de secas, a éstas no les llegó el "plan renove" cuando me pasé a los anzuelos fuertes. Ahora, forzado por la masacre que sufrió mi caja aquel día, ya tengo un arsenal digno de estos competidores.


Al final fue una jornada maravillosa en un auténtico paraíso para el mosquero barbero y de la que volví con muchas sensaciones positivas y habiendo aprendido muchas cosas nuevas. Distinguí tres comportamientos básicos en los barbos frente a un día de fuerte viento, así como pude contrastar su respuesta a diferentes formas de presentar la mosca. Pero esas observaciones las compartiré ya en otra entrada.

Saludos y ¡buena pesca!

domingo, 11 de mayo de 2014

Thorn

Por fin conseguí escaparme de pesca. Más de un mes había pasado desde la última vez, y el aluvión de caras sonrientes con un pez delante que me iba llegando a través de las redes sociales empezaba a minar la moral. Se podría decir que no fui de pesca por voluntad, sino por necesidad.

Al llegar encontré justo lo que esperaba. Un entorno rebosante de vida en plena primavera. El canto de los pájaros era casi ensordecedor y sólo el zumbido de abejorros y escarabajos al pasar quebraba la sucesión monótona de trinos. La sinfonía era complementada por el rumor también continuo que producían los chapoteos de los grupos de carpas que, en plena freza, se afanaban en sus danzas en torno a la vegetación sumergida. Es fascinante la ciclicidad de la naturaleza. Año tras año se repite el espectáculo, un poco antes o después, con más o menos intensidad, pero siempre en las mismas fechas. Y aunque cuando se dedican a las labores reproductorias no suelen hacer excesivo caso de la comida, me pude hacer con las primeras carpas de la temporada. La cangrebou como la vespa fueron las imitaciones que me dieron las capturas.


 Lo malo de estas fechas, y más en ese embalse, es que la pesca se llega a convertir en una especie de martirio. Primero porque los chopos también se afanan en reproducirse, liberando ingentes cantidades de semillas que se dispersan gracias a la pelusa blanca que les acompaña. Reconozco que el aspecto del agua es digno de ver (en ocasiones parece incluso como si estuviera nevada) pero es un auténtico engorro el tener que andar quitándola todo el rato de los nudos del bajo. Otro aspecto negativo es el alto nivel de agua, que reduce la franja árida al máximo y, debido a la intrincada orografía de las orillas de este embalse, en muchas ocasiones uno se ve obligado a transitar entre la vegetación. En esta tierra tenemos fama de ser bastante buena gente y muy hospitalarios, pero con la vegetación es otro cantar: todo son espinas. Las aliagas, zarzas y rosales silvestres minan la moral a base de enganchones en la ropa y en la piel. Eso sí, como se suele decir, sarna con gusto no pica y mientras las picadas y capturas se van sucediendo no hay tanto problema.

Sin embargo el pinchazo que más doloroso y desmoralizante fue en carne ajena. En la de un barbo que sucumbió seducido por la cangrebou. Tras una bonita pelea, como todas a las que nos tienen acostumbrados estos fabulosos peces, pude comprobar que la mosca estaba clavada muy profunda y muy, muy cerca de las branquias. Tanto que la manipulación, pese a que siempre uso anzuelos sin muerte, hacía peligrar la integridad del órgano respiratorio del pez. Así las cosas, lo más prudente era cortar el hilo y liberar al pez sin más dilación para así no empeorar la situación y ampliar sus opciones de supervivencia. El pez alejó rápidamente con la mosca aún dentro, y dejando profundamente clavada en mi interior una espina de remordimiento y la incertidumbre. Entonces empezó a pesar el cansancio y caminar entre espinas se cada vez más pesado. No hubo más fotos, todas las capturas -carpas- recobraron la libertad sin siquiera salir del agua. Y mis manos no volvieron a tocar la piel de un barbo. La espina en mi interior no me permitió clavar con seguridad a ninguno de los que decidieron picar. Todo ello a pesar de que la experiencia me decía que, cuando las carpas frezan, los barbos no andan lejos y se puede dar una espléndida jornada.

Sé que los remordimientos desaparecerán dejando cicatrizar el pinchazo y espero que esa sea la suerte del pobre pez que cometió el error de tragar esa ingenio peludo y emplumado que, atado a un sedal de nylon, un aprendiz de pescador decidió presentar ante él.