Al llegar pude comprobar que infinidad de carpas, en general de pequeño tamaño, invadían las orillas con una actividad frenética. En un principio uno las va evitando, sobretodo cuando se tiene en mente un objetivo claro como era mi caso ayer, pero al final el instinto y las ganas de tocar escama se apoderan de uno y decide probar suerte. La verdad es que no se dio mal, y tras un par de ejemplares medianos decidí continuar la búsqueda.
Como me suele ocurrir en este escenario, los barbos se percataban de mi presencia antes de que yo los localizase. Es increíble lo afinados que tienen los sentidos y lo acertado de su camuflaje estos peces. Cuando por fin localizaba algún ejemplar sin haberlo alertado antes lo que ocurría era que hacía caso omiso a las diferentes imitiaciones que les iba presentando. Sólo me faltó probar con un billete a ver si había más suerte.
Así las cosas decidí probar la efectividad de una imitación de cangrejo que diseñé este pasado invierno. Y los resultados fueron verdaderamente prometedores: las capturas se sucedían sin solución de continuidad. Es una pasada cómo se lanzaban a por esta mosca. Ya os presentaré la imitación en una próxima entrada.
Estaba disfrutando de los resultados de esa imitación cuando veo acercarse a uno de esos "pepinos" que había venido a buscar. Se aproximaba hacia mí por una orilla rocosa de pendiente pronunciada, hozando aquí y allá, acompañado de una que poco le tenía que envidiar en cuanto a tamaño. La tomada fue increíble: se abalanzó a por la imitación de cangrejo nada más entrar ésta en el agua, mientras caía. Lo que también fue increíble es la rapidez con la que ganó profundidad al sentirse clavado, rozándose con la pared. No podía hacer nada por evitarlo, no tenía ángulo para alejar al pez de las rocas dado que éste estaba, literalmente, bajo mis pies. Y el desenlace no podía ser otro que el que más temía: terminal partido y un precioso ejemplar, otro Sir Arthur, nadando por ahí con una de mis moscas en la boca. Esperemos que el hecho de pescar con anzuelos sin muerte sirva de algo.
No tuve más suerte con el segundo torpedo que se me puso a tiro. Lo descubrí estando yo lejos de la orilla pero él pegado a ella y cerca de unos matojos. Si intentaba cambiar mi posición corría el riesgo de alertarlo de mi presencia, así que tenía que lanzar posando la mayor parte de línea y bajo en tierra firme confiando en mi puntería para evitar los matojos. Pero Murphy y su ley son infalibles y si el bajo podía caer en ellos, iba a hacerlo. Al mover la línea para prepararla para levantarla del suelo limpiamente animé la mosca y el Sir Arthur se abalanzó a por ella. El bajo, al estar enredado, impidió dar línea al pez en su huída y por ello se partió enseguida.
Cuando, abatido por el resultado parcial (Sir Arthur 3 - Jorge 0), me dirigía de vuelta al coche cuando otro barbo, esta vez de tamaño mucho más modesto, me dió la última oportunidad. En este caso no hubo matojos de por medio, ni paredes de afiladas piedras cerca y pude hacerme con el ejemplar. Un bonito barbo, el primero de mi cuenta personal en este embalse, cuyos tubérculos nupciales anuncian que ya se prepara para la freza.
El balance de la jornada, por las numerosas capturas, por el éxito de la imitación de cangrejo, por conseguir capturar por fin un barbo en estas aguas, es positivo. Eso sí, uno no puede olvidar el manchón que supone los dos barbos clavados que no llegué a tocar y que se fueron, desgraciadamente, con mis moscas clavadas en la boca. Espero que ya se hayan librado de ellas y poder volver a encontrármelos en futuras jornadas. Jornadas, por cierto, antes de las cuales no creo que pase mucho tiempo.
¡Saludos y buena pesca!












